Las tres Gracias de Rubens y el cambio de paradigma en el ideal de belleza del cuerpo femenino

Ponencia de María Bonilla, profesora de la Escuela de Fotografía, Universidad VERITAS.

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Nota previa: Aquí puede ver la presentación que Bonilla mostró durante su conferencia.

Una evidencia que salta a la frágil percepción de la contemporaneidad, cuando vemos obras de arte de la Grecia antigua o del Renacimiento italiano, como Las tres Gracias de Rubens y las comparamos con las imágenes que nos rodean en la actualidad, es el cambio de paradigma en el ideal de belleza del cuerpo femenino.

Aunque el arte es expresión y comunicación, representación de la visión de mundo de un creador, la construcción de la imagen de la mujer y lo femenino, no es ajena al colonialismo, a veces inconsciente, del sistema patriarcal, sobre todo en lo referente a su cuerpo y su sexualidad. Los artistas hombres han sido los propietarios de la representación femenina en el arte, imponiendo con su mirada, cuerpos específicos como modelos de belleza.

El poder androcéntrico no necesita justificación ni legitimación, porque se impone como neutro, objetivo. El orden social es una máquina simbólica que lo ratifica desde la división sexual de! trabajo, hasta la estructura del espacio y del tiempo. Toda la temática que atraviesa el cuerpo, no es fácil de tratar. Anne Fausto Sterling, por ejemplo, documenta el caso de un joven soldado llamado Daniel Burghammer, que asombró a su regimiento al parir una niña en 1601 y a otros miles de casos parecidos, para debatir si etiquetar a alguien como varón o mujer es una decisión social en la que el conocimiento científico puede colaborar, pero sólo nuestra concepción del género puede definir. Money, Ehrhardt y las feministas de los setenta, sostienen que sexo y género son categorías separadas; que sexo refiere al cuerpo físico, la anatomía y la fisiología, mientras que género es una identidad que se forma de acuerdo a fuerzas sociales que moldean la conducta. Tener pene y no vagina, es una diferencia de sexo. Que los chicos saquen mejores notas en matemáticas que las chicas, es una diferencia de género. Y ambas, son transformables. La intersexualidad es tan antigua, que la palabra hermafrodita surge de la combinación de los nombres de Hermes (hijo de Zeus y mensajero de los dioses, patrón de la música y de los sueños) y Afrodita ( diosa del amor sexual y la belleza), para designar a los seres humanos que nacen con ambos órganos genitales. En la actualidad se les llama intersexuales y tienen cuerpos que no encajan en la clasificación binaria única que reconoce la sociedad; así como la organización social y la expresión de la sexualidad humana, tampoco, ya que se resisten a categorizaciones atemporales, universales o dualistas.

Los transexuales, de varón a mujer o de mujer a varón, también hacen la división sexo/género ininteligible, siendo individuos que nacen con cuerpos masculinos o femeninos definidos, pero se ven a sí mismos como miembros del sexo opuesto y muchos buscan ayuda médica para transformar su cuerpo, arriesgando la vida y aunque no exista un estatuto legal claro para los intersexuales y transexuales operados. Es decir, que ni en la contemporaneidad se ha logrado resolver la problemática de la diferenciación sexual misma.

Vivimos en un mundo marcado por el ejercicio del poder no con ni a favor de sus semejantes, sino por la fuerza y en contra de sus semejantes, donde las mujeres, históricamente, hemos sido objetos de transacción, incapacitadas legalmente para muchos actos del orden de los derechos humanos básicos y cuyo cuerpo no es terreno privado sino público. Las instituciones de ejercicio del poder: la familia, la madre, la religión, la educación y los hombres en sus diversas jerarquías de relación con nosotras: padres, familiares, maestros, sacerdotes, han censurado, perseguido y dominado a la mujer, que ha sido al mismo tiempo, cómplice y sumisa ante ellas.

Cuando los dominados aplican a lo que les domina, conceptos producto de la dominación, como el concepto de belleza, por ejemplo, encuentran auto-depreciación, auto-denigración. En muchos espacios, la mujer se ve a sí misma, desde su nacimiento, como una especie de maldición a los ojos del padre y por ende, de la madre.

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El pecado original, condición humana con la cual, según la religión católica, todo ser humano nace, es limpiada en los hombres por el bautismo, pero permanece latente en las mujeres; que al crecer ven transformado su cuerpo en fuente de pecado y tentación al mal, creencia compartida por, al menos, las tres religiones reveladas.

Al estar ubicada la marca de la bestia en el sitio de la corporalidad y la sexualidad, el placer aparece como una manifestación de esta marca y es sufrida tanto por las mujeres, como por los hombres heterosexuales o las mujeres homosexuales con quienes se relacionan, ya que ¿cómo se puede vivir integralmente y disfrutar del placer, si la contraparte cree que es signo de maldad o perversión?

Serrano de Haro, afirma:

“Con el poder de convertir a la mujer en el objeto de su mirada, el hombre

ha inventado a la mujer, y por lo tanto, una femineidad que es la

imagen de sus deseos y también de sus temores”.

(Serrano de Haro, 2000, 41)

Ese invento inicia en el arte, con la representación del cuerpo femenino como Madre-Tierra y diosa de la fertilidad, como en la Venus del Paleolítico. Durante la Antigüedad, la mayor cantidad de esculturas son figuras de hombre. La mujer se representa pasiva y contemplativa. Recordemos que las mujeres no eran ciudadanas en la primera democracia del mundo y en Roma, no se las educaba a partir de los 12 años y a los catorce se las consideraba adultas y aptas para el matrimonio. Su capacidad artística era mérito del hombre que le permitía ejercitarla o que tenía el mérito de enseñarla.

En Grecia y Roma nace el mito de las tres gracias, diosas del hechizo, la alegría y la belleza. Su número, su nombre y sus cualidades se han perdido en el tiempo, pero se dice que presidían los eventos en los que el placer era lo principal, como banquetes o espectáculos. Eran jóvenes, bellas, divertidas, modestas, pasaban bailando y a ellas se celebraban misterios que no debían ser revelados a muchos. En la mitología romana y latina, las Cárites fueron también la virgen, la esposa y la amante, representando tres arquetipos diferentes de mujer, según la visión masculina. Se han pintado y esculpido a lo largo de la historia, como símbolos de la belleza, el amor, la fertilidad, la sexualidad, la generosidad y la amistad, el dar y recibir, pero cada representación muestra los fantasmas y anhelos de la autoría masculina sobre ellas.

Aunque la mujer no tuvo acceso a la educación superior hasta finales del siglo XIX, siempre ha generado conocimiento. Las llamadas brujas, por ejemplo, fueron parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas y cocineras, con conocimientos en anatomía, botánica, sexualidad, reproducción y recetaban para curar. Sabían preparar abortivos, lo que implicaba el ejercicio de una sexualidad más libre, por lo que fueron perseguidas y su saber destruido con ellas en las hogueras. Entre 2 y 5 millones de mujeres fueron quemadas vivas, entre ellas, Juana de Arco.

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En el arte judeo-cristiano, la desnudez femenina se asocia con el pecado y la culpa. El cuerpo ya no es expresión de la búsqueda de un ideal de belleza universal, sino manifestación de pecado, de martirio y santificación o de pureza virginal. Estas imágenes de influencia bíblica y mitológica, convivirán alejadas de la mujer real, imperfecta y humana.

Durante el Renacimiento, Eva se muestra seductora, condenable y deseable. Adán aparece pasivo, no participa del pecado, es víctima de la pecadora.

El concepto de sexo bello y débil nace en el siglo XVIII y poco a poco, se las va vistiendo y metiendo en un apretado corsé. El maquillaje pasa a ocupar un lugar en la exhibición femenina, parte de una puesta en escena.

Los románticos sueñan el arquetipo de la mujer mística, inaccesible, que ni siquiera puede ser concebida como objeto de amor, casi incorpórea, alejada de la carnalidad, proyectando una imagen de mujer, como las anteriores, construida por ellos mismos (Sánchez, 2004).

La obra de Rembrandt, por ejemplo, está llena de diosas y heroínas bíblicas o paganas, detrás de las cuales, es posible reconocer a las protagonistas de su vida: su madre, su rubia esposa, la nodriza contratada para cuidar de su hijo y que fue su amante y la compañera de sus últimos años. Sin embargo, su visión del cuerpo femenino, al igual que la de Durero, fue la razón de no haber sido aceptados fácilmente por las academias europeas, ya que muestran una belleza de rostros, cuerpos y manos arrugadas.

El Modernismo muestra la musa sensual, imagen de las cortesanas parisinas, sofisticadas, no sin un algo demoniaco.

En el siglo XIX, el cuerpo femenino se vincula a la enfermedad, al riesgo y la transgresión moral. El maquillaje ya no es la puesta en escena del status de sangre y poder de la aristocracia, sino la mascarada de la muerte, acorde con el miedo de la burguesía a contagiarse de realidad y no lograr legitimarse.

En el siglo XX, el cine nos provee de nuevas imágenes de mujer: misteriosas, glamorosas, evanescentes, como la Dietrich y la Garbo, quien se recluyó para no ver esas miradas sobre ella; inocentes y sensuales como Bardot y Monroe, que se suicida; deportistas, como Farrah Fawcett, Brooke Shields. En el 2000 la mujer aparece arriesgada, fuerte, valiente, aunque siempre rescatada por un hombre más arriesgado, fuerte y valiente.

Captura de pantalla 2016-11-08 a la(s) 12.08.10Las mujeres en la ficción, desde la autoría masculina, son representación simbólica de dones, alegría, amor, belleza, viven su sexualidad como las tres Gracias de Rubens: cantando y bailando semidesnudas y libres; y en la realidad, como un pecado incomprensible, impotentes ante sus propios cuerpos, con los que no se pueden reconciliar, como afirma Roxana Hidalgo:

… el deseo femenino se erige a partir de la experiencia pasiva de

vivir el placer de la subordinación y la sumisión frente al poder

del otro. La masculinidad se funda sobre la base del miedo y

el repudio a lo femenino y a las mujeres, como representantes

de esa otredad terrorífica que encarna la irracionalidad,

la vulnerabilidad y el desorden asociados a la naturaleza o

a la muerte. (HIDALGO 2010, p. 339)

El cuerpo, como afirma Freud, toma al pie de la letra las metáforas y sobrevivir al horror de un cuerpo a disposición del amo de turno, hace que la mujer luche no por un cuerpo distinto, sino por ser alguien cuyo cuerpo no sea ese espacio que le pasa factura por sus deseos reprimidos, sus angustias y sus miedos. Como afirma Zizek:

El cuerpo femenino es una de las maneras en las que una mujer da testimonio de sí. Las mujeres que se cortan, hablan de una estrategia desesperada por regresar a lo Real del cuerpo (…) Lejos de ser suicidas, lejos de expresar un deseo de auto aniquilación, es un intento radical de recuperar un asidero en la realidad o de asentar el yo en la realidad corporal, contra la ansiedad insoportable que produce el percibirse como no existente. (Zizek, 2005, 13)

La violencia simbólica pasa por la adhesión que el dominado otorga al dominador cuando no tiene, para imaginarse a sí mismo, otro instrumento de percepción que el que conoce. Las mujeres existen por y para la mirada de los demás, en tanto objetos acogedores, atractivos, disponibles, sumisos, difuminados. La supuesta “femineidad” como forma de complacencia se convierte en constitutiva de su ser, bajo cuya mirada, las mujeres están condenadas al abismo entre el cuerpo real, al que están encadenadas y el cuerpo ideal, al que no logran acercarse:

Un ejemplo, de nuevo trágico, son los llamados trastornos de la

alimentación, como la anorexia y la bulimia, padecidos, en una

mayoría abrumadora, por mujeres. Estas son mujeres que

experimentan un conflicto interno de carácter despótico

con sus cuerpos y consigo mismas…

(HIDALGO, 2010, p. 340)

Y así llegamos a la última frontera, bombardeados por imágenes femeninas degradantes y estereotipadas de la publicidad y los medios de comunicación colectiva, café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol, sexo virtual, el multiculturalismo liberal tolerante con un Otro privado de su Otredad, un Otro que no sea realmente Otro… La guerra para imponer la paz y la democracia, como denuncian Zizek y Bordieu.

El nacimiento de las top models, hijas de los diseñadores de moda, nos traen un cuerpo femenino que silencia su temporalidad y gravidez, objeto de la mirada no ya de los hombres, sino de la propia mujer, una representación icónica que Eco llama un “calambre de la percepción”, que nos induce a ver las cosas como los signos icónicos estereotipados las presentan. Disolvencia de la realidad carnal, metáfora del vacío.

En los desencuentros de la contemporaneidad, las relaciones con el otro están marcadas por la estigmatización de la erótica; por la intolerancia a la diversidad sexual; el machismo; el apoyo a las relaciones institucionalizadas; los prejuicios desatados por películas en donde la mujer sola y deseante es una paranoica asesina, a la cual no debe contestársele ni la hora, a riesgo de terminar con un pica hielo en la espalda; donde el otro sólo es posible como virtualidad digital.

La erótica y la sexualidad devienen encarnaciones de la imposibilidad. La palabra y la comunicación están enredadas en el anonimato laberíntico de las redes sociales y los cuerpos ocultos en el horror al compromiso, al contagio, a la muerte. Las emociones no tienen sentido, estereotipadas en los “emoticones”. Lo humano no es posible.

La mujer nace, se reproduce y muere, acosada y controlada por las instituciones sociales, religiosas, educativas y familiares de poder; con un cuerpo pecador de pensamiento, palabra, obra y omisión; objeto público en miles de imágenes por segundo a nivel mundial, que le recuerdan quien no es y quien nunca podrá ser.

LISTA DE REFERENCIAS:

Bourdieu, P. (2000) La dominación masculina. Editorial Anagrama S.A., Barcelona.

Diocaretz, M. D. (2001). Breve historia feminista de la literatura española. Vl.

Fausto-Sterling, Anne. (2006) Cuerpos sexuados. La política de género y la construcción de la sexualidad. Editorial Melusina, S.L.,   España.

Hidalgo, R. (2010) La Medea de Eurípides. Hacia un psicoanálisis de la agresión femenina y la autonomía. Editorial de la Universidad de Costa Rica, Costa Rica.

Sánchez García, R. (2004). Imágenes de la mujer en el Romanticismo de  Espronceda (Sancho Saldaña). EPOS. Revista de literatura, 20, 69-83.

SERRANO DE HARO, A. (2000). Mujeres en el arte. Plaza & Janés Editores,

Zizek, S. (2005) Bienvenidos al desierto de lo real. Ediciones Akal S.A., Madrid, España.

Ensayos de crítica cultural: una mirada fenomenológica a la contemporaneidad, José Luis Barrios, en:

https://books.google.co.cr/books?id=wrpjB2v5b2QC&pg=PA120&lpg=PA120&dq=cuerpo+femenino+en+la+contemporaneidad&source=bl&ots=JTljRDPv4Q&sig=mzRYZKziGWWXLk5rCwHIUrc8U_g&hl=es&sa=X&redir_esc=y#v=onepage&q=cuerpo%20femenino%20en%20la%20contemporaneidad&f=false

El retorno de las brujas, Norma Blázquez Graf, en

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