Discurso de Don Carlos Cortés, invitado de honor II Graduación VERITAS 2015

 

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El novelista, periodista, ensayista y profesor Carlos Cortés durante su discurso en la II GraduacIón VERITAS 2015.

 

“El cerebro no es un vaso por llenar sino una lámpara por encender” escriben Cristóbal Cobo y John W. Moravec al principio de su libro Aprendizaje invisible. Hacia una nueva ecología de la educación, repitiendo las palabras de Plutarco. Quisiera adueñarme de esta modesta y a la vez ambiciosa proposición para agradecerles la oportunidad de dirigirme a ustedes.

No recuerdo casi nada de las graduaciones en las que participé, como graduando, aunque recuerdo vívidamente las palabras que pronunció en 1980 el comentarista deportivo Javier Rojas González, entonces presidente del Colegio de Periodistas, al darnos la bienvenida a la Escuela de Ciencias de la Comunicación Colectiva de la Universidad de Costa Rica. Con la contundencia casi atemorizante que lo caracteriza todavía nos dijo: “Les prometo que todos ustedes van a conseguir trabajo”. Hablaba de la crisis económica que había comenzado el año anterior y que se extendería al menos hasta 1983, cuando el país adoptó el modelo de apertura comercial y liberalización financiera.

Ahora nadie se atrevería a realizar esa promesa, sea en el campo de la comunicación o en cualquiera. Pero si hay un área del conocimiento en la cual la transformación ha sido más radical es la comunicación humana, al punto de que tres ámbitos hasta hace poco separados, como la producción de contenidos, la informática y las tecnologías portátiles, ahora se confunden.

Hace 35 años, “trabajo” para un periodista significaba una sola cosa: ingresar a un medio de comunicación y, después de cierto tiempo de patear la calle e ir a conferencias de prensa, refugiarse en una oficina de relaciones públicas, ojalá en un ministerio, hasta la jubilación. En el 2015, todo es diferente, y no solo para los periodistas. El cambio involucra una revolución cultural tan amplia que lo que se espera de nosotros y lo que nosotros esperamos del empleo, la economía y el conocimiento se encuentran en permanente mutación.

Ahora, más que nunca, parecen hacerse verdaderas aquellas palabras poéticas, proféticas y demoledoras de Marx: “Todo lo sólido se desvanece en el aire. Todo lo sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar severamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.

Lo que quería decir Marx es que “durante la mayor parte de la historia humana la realidad era la naturaleza… Luego la realidad fue la técnica… Ahora la realidad es ante todo el mundo social” –en palabras del sociólogo Daniel Bell-. Y es ese mundo social y la capacidad de interrelación conmigo mismo y los otros, en un entorno cambiante, y no el conocimiento previamente adquirido, lo que va a determinar la inserción laboral para ustedes y las próximas generaciones.

Por lo tanto, si tienen la capacidad de adaptación requerida es muy probable que siempre tengan empleo, aunque no creo que ninguna bola de cristal sea capaz de asegurar cuál ni dónde ni de qué manera lo tendrán.

Cuando yo era niño vivíamos en ciudades, específicamente en una ciudad, San José –estoy hablando del centro urbano-, y la manera en que me explicaron el mundo tenía que ver con lo que Emile Durkheim, el fundador de la sociología, llamó la conciencia colectiva. En esa época los niños se escolarizaban más tardíamente y permanecían un tiempo mayor con su familia –de hecho, todo el tiempo posible-. Se jugaba en la calle, se veía pasar el mundo desde la puerta de la casa y de vez en cuando se ponía la televisión –sí, ya había tele-. Y digo que se ponía la televisión porque no era un flujo continuo, ininterrumpido, sino una programación a partir de mediodía.

Las pantallas eran cinematográficas, y había un promedio de 100 salas de cine en el valle central, o formaban un mueble catódico que ocupaba una parte de la sala.

Para entender este mundo tridimensional, pero sumamente jerarquizado e inmutable, que para mí iba de la plaza de La Merced a la estructura calcinada del cine Raventós –actual Teatro Melico Salazar-, me contaron la siguiente fábula: la vida es como estar sentado en el quicio de una puerta.

Los arquitectos entre nosotros podrán recordar lo que es un quicio porque ahora carecen de uso social, entre otras cosas porque nuestra noción del espacio público –la calle, la acera, el parque, la plaza, el mercado- se ha privatizado.

Pues bien, me decían, desde el quicio de una puerta se pueden ver los acontecimientos que se acercan. Pero uno, como observador, no puede adelantarse a ellos ni tampoco puede alcanzarlos una vez que estos se han ido. Hay que esperar a que lleguen hasta donde cada uno de nosotros está sentado.

Esta imagen siempre me ha gustado. Es una bella metáfora de la marcha del mundo, del sentido de la mirada, y para un sociólogo es una imagen bastante similar a comparar la sociedad con el crecimiento humano: infancia, madurez, vejez. Francisco Amighetti, el gran pintor costarricense, decía que la ventana es el primer cuadro de la humanidad. El quicio de una puerta es la gran ventana, el primer mural, la primera imagen en movimiento antes de la invención del cinematógrafo. Así que concordemos en que es una hermosa narración aunque sea absolutamente falsa.

Implica una idea contraria al mundo que vivimos hoy. Esa metáfora implicaba estar sentado esperando a que todo sucediera, porque los acontecimientos estaban previamente configurados en un orden rigurosamente preestablecido, que debíamos acatar y perpetuar.

Muchos de ustedes tuvieron abuelos o bisabuelos que cultivaron el campo, que fueron campesinos o productores de café, y que si esa fábula hubiera sido cierta estarían obligados a seguir la tradición. ¿Cuántos de ustedes estudiaron lo mismo que sus padres o continuaron con el mismo oficio que aquellos o que sus ancestros? Tal vez algunos, pero muchos, me atrevería a decir que la mayoría, eligieron una carrera que implicó una ruptura con la tradición familiar.

Y esta es la base del mundo moderno, la transición entre una sociedad donde cada uno conocía su lugar y una sociedad dinámica. A lo largo de su existencia muchos de ustedes tendrán que reinventarse y vivir muchas vidas, en lugares diversos y en múltiples concepciones espacio-temporales, algunas de las cuales aún no conocemos o están siendo experimentadas en un laboratorio de medios o en un casco de navegación virtual. Lo que implica la ruptura entre la sociedad tradicional y el mundo hipermoderno es precisamente romper la cinta transportadora e innovar, atropellando los acontecimientos, saltándose los cuadros de la película que estaba proyectándose, para construir una nueva versión de la realidad.

Tenemos el privilegio de vivir en una sociedad, como la costarricense, que duplicó su esperanza de vida en ocho décadas, y que, por esa misma razón, si quiere conservar su nivel de desarrollo debe reinventarse. Y eso los obligará a reinventarse muchas veces, en el plano individual, y a intervenir en su reinvención colectiva.

 

El profesor Carlos Cortés entre el Arq. Oscar Pamio, Vicerrector Académico (izqda.) y el Ing. Ronald Sasso Rojas, Presidente de la Universidad VERITAS.

 

Hace 90 años, el pensador francés Paul Valéry escribió una frase que hizo historia: “El problema de nuestros tiempos es que el futuro ya no es lo que solía ser”. Nada es lo que era y ustedes, que nacieron con el cambio, tendrán que acostumbrarse a que todo seguirá cambiando. Ustedes, probablemente como ninguna otra generación, son dueños del futuro, pero de un futuro laberíntico, en el cual deben encontrar su propio camino. El gran profeta de los tiempos modernos, Nietzsche, habla del laberinto del futuro y de la ebriedad de ser libres, en la que sentimos ahogados en el siglo XXI: “Somos más libres que nunca y podemos lanzar la mirada en todas direcciones; no percibimos límite por ninguna parte. Tenemos esta ventaja de sentir alrededor de nosotros un espacio inmenso, pero también un vacío inmenso. Y el ingenio de todos los hombres superiores de este siglo consiste en triunfar sobre este terrible sentimiento de vacío. Lo contrario de este sentimiento es la embriaguez en la cual el mundo entero nos parece haberse concentrado en nosotros, y donde sufrimos de una plenitud excesiva”.

Quiero felicitarlos porque muchos de ustedes siguieron esa libertad y, quizá para escándalo de sus padres, escogieron carreras innovadoras que, justamente, son parte de esa profunda transformación social y tecnológica. Sin embargo, al mismo tiempo, no pueden ser esclavos de su libertad, ni tampoco del deber, como lo fueron las generaciones anteriores.

Hasta mi generación, la del baby boom, los nacidos en el optimismo posterior a la Segunda Guerra Mundial y al crecimiento económico cercano al 6% anual del Producto Interno Bruto (PIB), los muy escasos privilegiados occidentales –y algunos miembros de las élites coloniales y poscoloniales en Asia y África- que íbamos a la universidad debíamos cumplir parcialmente el sueño de nuestros padres y abuelos que no habían tenido esa oportunidad. Hasta hace algunas décadas, los que éramos jóvenes también llevábamos sobre nuestras espaldas las vidas de otros, las vidas y las muertes de otros, y tratábamos de encontrar con dificultad nuestro propio camino por encima de aquel fardo de responsabilidad colectiva.

Es decir: teníamos un deber. Y la etimología de deber –la historia secreta de la palabra- aclara esta relación que va de padres a hijos y que se pierde en el tiempo de las esperanzas colectivas, de lo que se espera de nosotros. Deber es tener algo de otro, tener algo prestado, estar en deuda y tener que pagar esa deuda.

Ahora ustedes tienen una deuda que pagar con su propia libertad, con la sensación embriagadora de la libertad irrestricta, sin limitaciones aparentes de tiempo y espacio, y esta sensación de libertad individual, más allá de los compromisos y de las ataduras, produce vértigo. Pero también grandes espacios de negociación y grandes oportunidades de construir nuevas formas de convivencia y de entendimiento.

Cuando yo entré a la universidad sabía lo que se esperaba de mí y yo también sabía qué esperar de mí mismo. Ahora ustedes se enfrentan a un paisaje sin contornos precisos: se asoman a un espejo que se refleja en otro y en otro espejo.

El futuro ya no es lo que era y “Los amigos por Facebook son como la plata del Monopoly, son de mentira”, como dice un amigo. No sabemos lo que será el futuro pero tenemos la sensación de que esa división tan convencional entre pasado, presente y futuro, que permitió la causalidad humana –toda causa viene acompañada de un efecto que es su condición previa-, ya no existe. Parece que algún dios iracundo trastocó las cartas de la baraja y mezcló el futuro con el presente y el presente con el pasado o arrojó definitivamente el pasado al olvido. Así que el futuro ya no es lo que era, pero el pasado tampoco, y el presente ya dejó de ser cuando intenté retenerlo.

Como escribió Nietzsche: “Los filósofos antiguos, incluso los escépticos, tenían la verdad. Nosotros no tenemos ni siquiera la convicción de haberla perdido”. Cada uno de ustedes tiene su propia verdad, su verdad individual, y a lo largo de su vida encontrará formas de que esa verdad individual se encauce, se arraigue y germine en verdades colectivas que le sirvan a la comunidad y a ustedes mismos, en tanto seres sociales, en tanto ciudadanos responsables de lo que hagan con y para los demás.

En el siglo XXI estamos muy conscientes de nuestros derechos individuales –a menudo narcisistas, consumistas y efímeros-, pero hemos perdido la dimensión de los deberes colectivos que nos han legado otras generaciones. Ustedes se enfrentarán a un entorno de oportunidades, que también está amenazado por el cambio climático, la violencia urbana y la desigualdad. ¿Cuánta pobreza pueden tolerar las sociedades ricas?, como se pregunta el escritor español Javier Marías. ¿Cuántos millones de pobres deberán acumularse en Costa Rica, que ya tiene más de un millón, para que nos demos cuenta de que nuestro pacto fundamental, nuestro contrato social, nuestra forma básica de convivencia está seriamente amenazada por la injusticia?

Quisiera que nos alegráramos profunda y sinceramente por los logros de ustedes esta mañana, pero también por la altura de los desafíos a los que se enfrentan como futuros profesionales y ciudadanos. Y entre esos desafíos está ser conscientes de la sociedad que tenemos, una sociedad de una modernidad subdesarrollada e incompleta.

Como dijo hace una semana la nueva jueza de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Elizabeth Odio: “En el país hay xenofobia, antisemitismo, homofobia y racismo”. Esta mujer, que ha sido jueza en el Tribunal Especial para la Antigua Yugoslavia y en la Corte Penal Internacional, nos recuerda nuestros crímenes de paz y nuestro deber como ciudadanos, como miembros de un país más habitable que debemos imaginar y realizar colectivamente.

 

Cuando escogí periodismo como carrera universitaria ocasioné una gran frustración a mi madre, tíos y abuelos, porque yo era su última oportunidad de tener un abogado en la familia o de redimir a mi padre –a quien no conocí-, que no fue más allá de contabilista con buenos trajes de administrador y una espléndida sonrisa de viceministro. Ser periodista no equivalía a una profesión sino a no ser abogado, para mi padre afectivo, que había sido abogado y accionista del periódico La Nación. Convertirme en parte de la planilla de empleados y no incorporarme a la lista de los dueños, que era el dorado porvenir que estaba reservado para mí, fue considerado por él como una traición personal.

En la película cubana Fresa y chocolate, que mis estudiantes de Cultura Latinoamericana ven durante el curso, Diego, el divertido homosexual que se opone al régimen de Fidel Castro, le dice al joven comunista David: “Yo tengo un amigo que de niño tenía un talento extraordinario para el piano, pero el padre se opuso por aquello de que el arte es cosa de afeminados. Hoy mi amigo tiene 60 años, es maricón y no sabe tocar el piano”.

Muchos años después, cuando mi padre afectivo ya había muerto, y mis ambiciones como periodista también, entendí que había elegido esa profesión/oficio para no defraudar a las únicas dos personas que me importaban a los 20 años: a él y a mí mismo, y que había sido una especie de acuerdo de compromiso entre el abogado de saco y corbata que él quería que yo fuera y el escritor que yo quería ser. Y que ahora soy.

Llegué al periódico La Nación en 1982, como asistente de redacción, lo que básicamente significaba trabajar tiempo completo por la mitad del salario. Mi primera asignación fue redactar cartas falsas de los lectores para publicarlas en la sección respectiva. La redactora que me precedió en el cargo –el más bajo en la escala social del periódico-, las había acumulado sin misericordia durante meses, sin ningún orden cronológico, temático o prioritario, y el editor decidió eliminar el montón de papeles –dignos del archivo de un hospital del Seguro Social- y comenzar de cero. Mientras iban llegando las nuevas cartas tuve que ingeniármelas para inventar unas nuevas e insertar temas de actualidad que atrajeran de nuevo el interés de los lectores.

Mi primera asignación importante fue cubrir el derrumbe del recién inaugurado túnel Zurquí y la avalancha y destrucción del cerro. Tal vez ninguno de ustedes haya oído hablar de esta catástrofe y es porque no sucedió. En esa época el periodismo conservaba rituales de iniciación, a la manera de una congregación secreta, y uno de esos ritos era sobrevivir a la guardia nocturna inaugural. Era algo así como perder la virginidad –algo que en la época también era muy importante-.

Los redactores más jóvenes pasaban una noche en vela al mes, antes de que se imprimiera el periódico, esperando las noticias de última hora. Esa noche recibí una llamada telefónica de un testigo que había observado que el túnel Zurquí se desplomaba sepultando un autobús atestado de pasajeros. Mi reacción inicial fue botar la máquina de escribir, que tenía al frente, presa del nerviosismo, y llamar a gritos al fotógrafo y al chofer, que también estaban de guardia, para lanzarnos desesperados por la ruta 32. Entonces el túnel no tenía iluminación, era indispensable encender las luces del automóvil para atravesarlo y su construcción, que el tiempo demostró exitosa, incitaba la imaginación popular.

Créanme, como un acto de fe, que hace 30 años teníamos mejores carreteras que ahora, y que platina, talud, carpeta asfáltica, ruta 27, ruta 32 y contrato chino no eran palabras de uso cotidiano. Las avalanchas tampoco eran comunes y los puentes y las carreteras no se cerraban todos los días. Así que el accidente tenía toda las características de una bomba noticiosa.

Por fortuna, el fotógrafo, enterado de la broma, me disuadió de irnos de inmediato al lugar de los hechos y me convenció de que llamara a la Cruz Roja y a la delegación de la Fuerza Pública y se aclaró el malentendido. Aparte de mis nervios el único perjudicado fue la máquina de escribir Olympia, que perdió su rodillo y varias piezas al desplomarse contra el piso. Me pasé el resto de la noche buscando entre las últimas hileras de escritorios, al final de la sala de la redacción, una máquina de escribir que me gustara, para robármela, y no tener que asumir mi estupidez de novato. Por si hubiera alguna duda, tomé la precaución de tatuarla con mi nombre por toda la tapa blanca, con marcador negro, y hace unos 15 años, cuando las máquinas de escribir ya eran material de desecho, me emocioné al volver a encontrarla en un rincón y reconocerla por mi nombre.

Conversamos un rato, me contó su vida, le conté la mía, y nos dijimos adiós. La relación que tiene un escritor con su máquina de escribir o con su computadora es casi religiosa.

De 1984 a 1986 abandoné el periódico para intentar escribir una segunda novela y al volver a la sala de redacción, contratado para otro puesto, lo que más me sorprendió fue el silencio. Había desaparecido un centenar de máquinas de escribir que hacían un ruido ensordecedor, metálico y rechinante, todas tecleando al mismo tiempo entre cinco y ocho de la noche. Aquella sinfonía sin notas fue sustituida por el silencioso transcurrir de la computadora y el sistema editorial Atex, el mismo que utilizaba The New York Times. Ese fue el primer año del resto de nuestras vidas. El camino hacia la convergencia digital se había iniciado.

La distribución de contenidos por medio de una plataforma integrada de electrónica, informática y telecomunicaciones, que ha permitido el crecimiento exponencial de internet, las redes sociales y las aplicaciones. Es difícil pensar que haya habido en la historia humana una serie de innovaciones que impactara tan profunda, dinámica y radicalmente la estructura social en tiempo real. El papiro, el papel y la imprenta tardaron siglos en difundirse; los medios electrónicos, a partir del telégrafo, se desplegaron en cuestión de décadas; las tecnologías digitales se convirtieron en extensiones humanas, como las llamaba el comunicólogo canadiense Marshall McLuhan, en tiempo real.

Un tiempo real que es espontáneo, viral, inmediato, interactivo, multimodal, simultáneo y portátil.

¿A qué tipo de futuro nos llevará esta versión del futuro que es el hiperpresente actual? Hace 2250 años Sócrates creía que la escritura representaba la decadencia de la cultura. El fin de la memoria. En el siglo XIX, Marx pensó que la introducción del ferrocarril en la India la volvería democrática y sin castas. Ninguna de las dos profecías resultó cierta. Estamos a las puertas de un futuro al que ninguna otra generación humana se ha acercado, ni por asomo, y ustedes están destinados a abrir esas puertas y a arrojar un poco luz en la noche de nuestra incertidumbre.

Escogí el periodismo no porque quisiera ser reportero o me interesara la información de interés público sino porque quería escribir. No porque me interesara la realidad sino la imaginación. Mi madre había soñado con ser odontóloga y soportó estoicamente los cursos de anatomía, la disección de cadáveres en la morgue y los vómitos de sus compañeros hasta que enfrentó un examen oral, al final del primer año, y se quedó muda.

Desistió, abrumada por el fracaso y por el deber de contribuir rápidamente con la economía familiar, y se hizo maestra. Se lo reprochó el resto de su vida. Silenciosamente, sin entenderme, porque mi madre y yo nunca nos entendimos, me empujaba a que siguiera lo que yo pensaba que era mi destino y que no desistiera.

No lo hizo bien, ni suficientemente, y muchas veces me alentó, también sin saberlo, con el resentimiento que llegué a tenerle, pero si alguna lección tuve de ella fue la sobrevivencia. El arte de sobrevivir. Mi madre no me heredó muchas cosas salvo la más importante que puede recibir un escritor: una historia. Y le estoy agradecido por eso. De otras personas recibí dones maravillosos, pero de ella, que no pudo realizar su propio destino, recibí mi historia. Una historia que contar, una historia con la que penetrar el hielo del corazón humano y volverlo fuego.

Cuando Ulises tarda diez años en volver a Ítaca y solo lo reconoce su perro, Argos, moviendo la cola, y muere poco después, porque lo ha esperado 20 años nada más para cumplir con su deber de recordarlo. Cuando Peter Pan se niega a envejecer, o Alicia atraviesa un espejo, o el principito pide que le dibujen un cordero, acometemos un acto fundamental para la condición humana: imaginar. Imaginamos. Y nos imaginamos. E imaginamos lo que podemos llegar a ser.

Me he reído al ver en las paredes de la universidad un afiche muy atractivo que dice: “Los unicornios no existen. El cambio climático sí”. Por supuesto, los unicornios existen y no es necesario mostrar más pruebas de su existencia que el dibujo que se incluye en el afiche.

Lo que me divirtió es que justamente en una universidad con una gran propensión a la irrealidad, donde se aprende a inventar cosas que no existen, alguien niegue la existencia de los unicornios. O de los seres fantásticos.

La única condición necesaria de lo real, de lo posible, es poder imaginarlo previamente.

La magia ha sido la base del conocimiento de la humanidad mucho más tiempo que la ciencia, así que no debemos desdeñar a los unicornios, que encarnan nuestra necesidad de mostrar la belleza absoluta y que, como todo absoluto, es imposible. Pero que no por ser imposible es menos humano.

Siendo funcionario del MOPT –una organización mucho más irreal que un unicornio-, don “Felo” García, el genial arquitecto, pintor y gestor cultural, se encontraba contemplando la perspectiva infinita del atardecer desde un inmenso ventanal y un ingeniero se le acercó y le dijo: “Felo, ¿qué? ¿Estás descansando?” Y él le contestó: “No, estoy trabajando”. Semanas después el ingeniero lo encontró diseñando un plano. Se le acercó de nuevo y al ver lo que estaba haciendo volvió a dirigirse a él, seguro esta vez de plantearle la pregunta adecuada. Le dijo: “¿Y qué, Felo? Ahora sí, estás trabajando”. Don “Felo” le contestó: “No, estoy descansando”.

Don “Felo” me contó esta anécdota para demostrar la diferencia entre la ingeniería y la arquitectura, entre la manufactura industrial y la producción intelectual, y la función de la imaginación en los procesos creativos. No sé si los androides sueñan con ovejas eléctricas, como se pregunta Philip K. Dick, en el cuento que dio origen a Blade Runner, una de mis películas favoritas. Pero, ¿cómo podríamos ser reales sin lo irreal? ¿Cómo llegaríamos a lo posible sin desear lo imposible, aunque esto nos lleve a la torre de Babel y a querer alcanzar el cielo?

Les deseo una vida rica en realizaciones y en imaginaciones.

Muchas felicitaciones.

 

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